Esta etapa, de aproximadamente 21 km, se adentra en un territorio de transición hacia las sierras que preceden a Guadalupe, donde el paisaje comienza a adquirir un carácter más agreste y montañoso.
El recorrido discurre por amplias zonas de monte mediterráneo, dominadas por encinas y alcornoques, en un entorno poco transformado que transmite una fuerte sensación de aislamiento. Se trata de un paisaje continuo, donde la naturaleza marca el ritmo del camino y donde la presencia humana se percibe de forma más dispersa.
A medida que se avanza, el relieve se vuelve más irregular, alternando suaves valles con zonas elevadas que permiten entender la extensión de los Montes de Toledo. Esta diversidad aporta riqueza al recorrido y refuerza la percepción de estar atravesando un territorio histórico de paso.
Tradicionalmente, estas sierras no solo fueron transitadas por peregrinos, sino también escenario de episodios ligados a la inseguridad del camino, lo que forma parte del imaginario histórico de la ruta. Aun así, la continuidad del itinerario a lo largo del tiempo refleja su importancia como eje de conexión y como vía de peregrinación hacia Real Monasterio de Santa María de Guadalupe.
El final en Puerto de San Vicente simboliza un punto clave en este tránsito, marcando el paso hacia las últimas etapas del camino en un entorno donde paisaje, historia y tradición se integran de forma natural.